Apostillas sobre el Salón de Arte Joven de Pinar del Río. Un diagnóstico necesario.

 



Por Lázaro Prieto González.
Artista Visual. Miembro de la UNEAC. Jefe de la Sección de Artes Visuales de la AHS. Especialista del CPAP



Calentamiento 

Hace poco más de dos décadas irrumpió en el panorama de las artes visuales pinareñas el necesario Salón Provincial de Arte Joven de la Asociación Hermanos Saiz (AHS), evento considerado por muchos como uno de los principales registros a la hora de mapear, legitimar y visualizar el arte más experimental, osado y polémico hecho por los más noveles, donde cuestiones elementales dentro del campo del arte como la exhibición y el intercambio se convirtieron en mero “pretexto” para encontrarse, generacionalmente hablando. 

De aquellas primeras citas vale destacar algunos nombres que, como miembros de la organización o protagonistas dentro del certamen, se han convertido en referentes para muchas de las sucesivas generaciones de creadores: Lester Campa, Tamara Campo, Yoan Capote, Miguel A. Couret, Jorge Luis Ballart, Julio C. Banasco, Abel Barroso, Ibrahim Miranda, Ramón Vázquez, José Miguel Díaz Pérez ( Mayim-B), Juan Carlos Rodríguez Valdés, Luis Contino Roque, José L. Lorenzo y Elvis Cellez González. Son creadores que sin lugar a dudas han continuado la “travesía” de la creación. Por aquel entonces el evento evidenciaba toda una confluencia y convergencia de modalidades que, desde lo estético, técnico, discursivo y comunicativo, lo hicieron “merecedor” de un incuestionable aporte a las continuas ediciones que hasta hoy resultan una “marca” perpetua.


Base de “entrenamiento” ideal

Como es lógico, el contexto en que se desenvolvió el Salón en sus inicios propició su “mejor” cocción, sobre todo en el método, protagonismo y funcionalidad de las primeras graduaciones de la Escuela Profesional de Artes Plásticas y su claustro docente con todo lo que generó a su alrededor. Todo ello hizo coincidir de manera impresionante casi finalizando la última década del pasado siglo y los primeros años del XXI, una serie de acontecimientos que repercutieron en la evolución, desarrollo y sistematicidad del salón como sus mejores aliados, dentro de los que figuraban: la inauguración de la Casa Taller Pedro Pablo Oliva con su Centro de Documentación y la creación del Premio CUBANEO, la inauguración del Museo de Arte de Pinar del Río (MAPRI), la Galería Tele Pinar y la Alberto Korda, de la UPEC, la creación de los Premios D`Arte, la presencia de manera constante de las más interesantes propuestas en nuestra red de galerías, la sistemática promoción y circulación de la obra de nuestros creadores hacia los circuitos legitimadores de la capital, los encuentros y confrontación en la provincia de una parte de nuestros más destacados especialistas y críticos de arte del país entre los que se hallaban Antonio Eligio Fernández (Tonel), David Mateo, Rufo Caballero, Nelson Herrera Isla, Magaly Espinosa y Gerardo Mosquera. 
Unido a ello, las ediciones I y II del Taller Teórico sobre Artes Visuales y el IV Coloquio Nacional de Artes Plásticas, la labor promocional de los medios de difusión masiva y las revistas especializadas como Cauce, la Gaveta y Vitral como registros históricos-documentales en presente; los acertados, avezados y frontales criterios de Jorge L. Montesino, Ramón F. Cala, David Horta, Amalina Bomnim, Erena Hernández y Joaquín Badajoz en torno a los más “enconados” temas relacionados con las artes visuales, la presencia en los salones de muchos de nuestros creadores graduados del Instituto Superior de Arte (ISA), Escuela Nacional de Arte (ENA) e Instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona (ISPEJV); el impresionante poder de convocatoria de los Salones de Artes Plásticas Tiburcio Lorenzo, 20 de Octubre, 14 de Diciembre, Arte Sacro, Bienal Nacional de Fotografía Alfredo Sarabia in Memoriam y el Pequeño Formato, entre todos, crearon un cuerpo híbrido que hizo “coagular” una “vena” generacional que mostraba con anticipación legitimas credenciales. Modalidades como pintura, dibujo, grabado, escultura, instalación, la performance y sus acciones y las intervenciones públicas, se convirtieron en protagonistas permanentes dentro del gran concierto de las artes visuales que ocurría por aquella etapa en nuestra ciudad y que de manera natural se reflejaba dentro del evento de los más bisoños.


De vuelta al circuito… “competitivo”

Corría el año 2013 cuando se me ocurre retomar el Salón, que ya por esta fecha llevaba algunos años sin realizarse. Me impulsaba el hecho de poner a dialogar un grupo de jóvenes con sus respectivas poéticas, por lo que desde su reintegración a la escena artística “instauré” importantes estrategias: la realización de una convocatoria pública, en la que se vean reflejadas la mayor cantidad de modalidades en torno al arte contemporáneo; invitar de manera directa a los alumnos de la Escuela Profesional de Artes Plásticas, proponer una temática libre, hacer una campaña promocional donde se incluyeran el spot televisivo, el diseño y la impresión del cartel presentador, catálogos e invitaciones, convocar un jurado de admisión y premiación, entregar premios colaterales; convocar un panel teórico alrededor del evento y lanzarnos al controversial pero necesario coleccionismo institucional. 

Estos elementos de forma general parecen contener el germen de las últimas ediciones del certamen que, en honor a la verdad, no han sufrido mucho en su concepción y se han materializado casi todos sus objetivos, no así la calidad que de forma holística ha prevalecido.  
 

Primeros síntomas de una lesión inevitable   

Con el paso del tiempo, los llamados Salones de Arte Joven, sobre todo los concernientes a la última década, no han sido lo mismo. De hecho, muchos de connotado prestigio y edad han sufrido la merma o han desaparecido. El que nos compete no ha quedado exento de agravantes y constituye, en mi opinión, uno de los mayores riesgos para la propia sucesión de la “historia” de las artes visuales del territorio hecha por jóvenes. Considero que este es, probablemente, el evento de nuestra provincia que mejor debería ser atendido, seguido, patrocinado y promocionado para que no continúe siendo una especie de “huérfano en tierra de nadie”, más aún porque es el único concebido y dedicado enteramente a las artes visuales  para menores de treinta cinco años de edad, todo ello se anexa directamente con una generación que cada día se percibe y manifiesta al margen de la institución-arte y sus anclados, unidireccionales y complacientes mecanismos de promoción, legitimación y comercialización. Este constituye desde hace un largo tiempo una urgencia donde se debe pensar y materializar un mecanismo “idóneo” con el fin de atraer y contagiar la creación novel dentro de los espacios institucionales, de lo contrario estaríamos colaborando en la “amputación” de una parte de nuestra historia. 


El diagnóstico 

La salud de este evento de modo general en la última década no ha sido positiva, específicamente lo he querido diagnosticar como un paciente crítico con permanente seguimiento y observación, donde al parecer el antídoto inmediato para combatir esta especie de enfermedad crónica continúa en falta de manera constante y, por consiguiente, haciendo estragos al espacio natural del salón como reflejo inmediato. 
Digo esto desde el más sincero y trasparente sentimiento que me alberga, quizás por ser su “médico” más cercano en los últimos años, razones más que suficientes como para hacer un exhaustivo repaso de algunos elementos que de forma negativa han incidido en su estancamiento y padecimiento reiterativo:
La inexplicable retirada de la Escuela Profesional de Artes Plásticas, la exigua solvencia económica para respaldar el evento, la ausencia de equipamiento tecnológico que sirva como soporte a propuestas audiovisuales, la falta de motivación gremial para emprender proyectos más atrevidos con lenguajes más contemporáneos, la disipación de muchos de nuestros artistas a realizar labores que para nada tienen que ver con el arte y la formación artística adquirida, el éxodo, el invisible intercambio con otros territorios, artistas y sus propuestas estéticas, la carencia pasmosa de materiales para la creación, el casi invisible material bibliográfico digital y tangible de los años más recientes que permita el conocimiento acerca de lo que se gesta dentro y fuera del territorio nacional, el mutismo, sordera y ceguera del papel de la crítica y los debates en torno a los procesos artísticos más exigentes e inmediatos, la falta de visitas a centros vinculados con la producción artística más contemporánea, la poca visibilidad de algunos de nuestros principales creadores en nuestra red de galerías de la provincia, la falta de competencia, la carencia de un mercado interno, la carencia de iniciativas de las instituciones rectoras y con poder presupuestario para apoyar el certamen, la invisible promoción en revistas especializadas, la poca cobertura en los medios de difusión masiva tanto provincial como nacional, falta de acompañamiento mediático alrededor del evento y la no existencia de un premio en metálico “digno” y motivacional para la obra y su creador. 

Todo ello ha creado desgraciadamente en poco más de una década un estado de acomodamiento dentro de una buena parte del gremio más novel, cuyo pensamiento y acción proactiva en función del evento ha empezado a padecer estos síntomas. 


Método

En tal sentido, hablar a corto, mediano o largo plazos del mejoramiento de su estado de salud seria mentir y promover una falsa esperanza. Lo más acertado sería revertir todo aquello que apunta hacia la desaparición del Salón, que bajo ningún concepto debería suceder, porque parte de una institución que está llamada a representar y promocionar lo mejor del arte joven cubano. 
Pero su destino no puede estar sujeto y valorado solamente por el juicio y el deseo de quien suscribe, tiene que estar bajo la aguda y multidisciplinaria mirada de muchos otros que, desde la experiencia, el apoyo, el conocimiento y el deseo de salvarlo contribuyan a su permanencia y desarrollo. No quisiera verme en la penosa y difícil situación de tener que informar públicamente que el Salón de Arte Joven de la AHS ha “muerto” y no hicimos entre todos lo posible por evitarlo, no solo por lo que representa dentro del panorama de las artes visuales en sentido general, sino para la salud y la dinámica cultural de Pinar del Río. 

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