La comunicación humana desde la subjetividad
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| Imagen tomada de https://attackmars.wordpress.com |
Por Raima González Benítez. Licenciada en Psicopedagogía
Tan vital como el agua o los alimentos resulta la comunicación para los seres humanos. La primera sonrisa, el llanto sin motivo aparente y los inolvidables intentos por pronunciar al menos una letra constituyen señales inequívocas de la posibilidad de relación con el mundo exterior.Más que entrar en disquisiciones teóricas que nos lleven a construir una definición acabada, lo importante es entender que la comunicación implica interactuar con otras personas para intercambiar ideas, puntos de vista, informaciones, actitudes, sentimientos, emociones, estados de ánimo, normas y valores. Su influencia es tan notable que puede producir modificaciones en la conducta o el modo de pensar y actuar de quienes están expuestos a ella.
Muchas veces sentimos que nos resulta muy agradable comunicarnos con algunas personas, mientras que nos parece sumamente desagradable conversar con otras aunque sea pocos minutos. La explicación radica en que se trata de un proceso condicionado por toda la gama de vivencias afectivas que atesoramos. De forma general, se ponen de manifiesto emociones y sentimientos resultantes de nuestra historia de vida, pues no se le puede pedir amor a quien solo ha recibido decepciones, ni se espera enemistad de quien ha sido premiado con excelentes amigos.
Esta curiosa dinámica está mediada, esencialmente por el componente perceptivo de la comunicación, conformado por las imágenes que se van creando en los interlocutores.
Cuando nos relacionamos con alguien nos vamos formando una imagen suya, aún sin proponérnoslo, que se denomina percepción sociopsicológica. Estas percepciones se organizan en consonancia con los patrones de aceptación y rechazo que se han arraigado en nosotros, por lo que hay características, cualidades, modales o normas de conducta que tendemos a aceptar, mientras que otras las repudiamos.
El modo en que percibamos a los demás influye notablemente en la comunicación para bien o para mal, pues la facilita o crea barreras muy difíciles de romper. El rechazo, la antipatía y la evitación se generan a veces de forma muy rápida, espontánea y poco racional, a partir de señales externas como el modo de vestirse o los tatuajes, que a pesar de estar rodeados de tantos mitos, solo son una manera de expresar valiosos significados para los que han elegido llevarlos en su piel. Es frecuente que nos cohibamos al conversar con alguien porque pensamos que no le resultamos agradables, o por el contrario, podemos sentirnos muy a gusto al hablar con otra persona porque sentimos que disfruta estar a nuestro lado. La explicación hay que buscarla en otro fenómeno asociado al acto comunicativo, denominado metapercepción. Se refiere a cómo uno es capaz de percatarse, adecuadamente o no, del modo en que el otro lo percibe. Son muy usuales frases como “creo que le inspiro confianza a mi vecino” o “me parece que le resulto antipático a mi compañero de trabajo”. Cuando creemos erróneamente que no somos queridos por otros, estamos ante un indicador de baja autoestima, pues si no nos sentimos felices con nosotros mismos, nos cuesta trabajo creer que el día de otros se ilumine con nuestra presencia.
Muy asociadas a lo antes expuesto, están algunas tergiversaciones del modo en que percibimos a otras personas.
Una de las más comunes es el efecto de halo o aureola que implica tener una impresión general o apresurada acerca de alguien. Si la impresión general es favorable, entonces sus cualidades positivas se sobrestiman, mientras que las negativas se justifican de una forma u otra o sencillamente no se ven. Por el contrario, si la impresión es negativa, entonces sus acciones positivas no se aprecian o se interpretan como de interés propio. Bajo la influencia del efecto de halo, nos es difícil advertir los primeros pasos de alguien que se ha propuesto modificar aspectos de su vida. Sucede también cuando un adolescente carga sobre sus hombros el pesado estigma de ser “un malcriado” o “un indeseable”. En esa etapa de la vida la prioridad radica en ser aceptado por su grupo de coetáneos, por lo que al sentirse despreciado tiende a resistirse y reforzar con ciertas actitudes el concepto negativo que se tiene de él.
Es frecuente el grave error de valorar las condiciones morales e ideológicas por el aspecto externo, que incluye el modo de peinarse o de vestirse, sin tener en cuenta que dentro del traje más hermoso y conservador puede camuflarse la falsedad.
Otro efecto de índole inconsciente, pero muy presente hoy en la sociedad, es el de proyección, que constituye la tendencia de percibir sus propios comportamientos inadecuados o antivalores como características de otra persona, por lo que tiende a trasladarlos y proyectarlos sobre el otro. Ejemplos que lo ilustran pudieran citarse muchos. Uno de los más frecuentes tiene lugar en los colectivos laborales, donde el que por su incapacidad no puede entregar a tiempo determinada información, se justifica culpando a otros del atraso, alegando que no le explicaron bien lo que debía hacer. También es usual que se difame hasta de los miembros de la familia. Generalmente son personas que tratando de mantener una imagen tan depurada se autocaracterizan como “excelentes amigos”, “excelentes padres” o “excelentes compañeros de trabajo”, sin percatarse de que la perfección está muy lejos de los seres humanos. Las investigaciones demuestran que los que son poco flexibles e inseguros de sí se oponen a lo que pueda violar su equilibrio, además humillan a otros intentando parecer superiores a ellos, es lo que llamamos cotidianamente complejo de inferioridad.
De alguna manera, todos nos hemos visto reflejados en la descripción de estas tergiversaciones porque la comunicación humana pasa, inevitablemente por el prisma de la subjetividad y no escapa a nuestros prejuicios y estereotipos, pero nunca es tarde para aprender a unir en lugar de disgregar y a valorar las esencias en vez de resaltar lo banal. No debemos despreciar la oportunidad de recibir los nuevos amigos que la vida quiera regalarnos, mirando sobre todo su interior y asumiendo que lo normal radica en lo diverso.
Ahora bien, tengamos presente un viejo proverbio que asegura que “no hay una segunda oportunidad para causar una primera buena impresión”.



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