Vivian Martínez Tabares: «Solo me seduce el esfuerzo y la verdad sobre la escena»

 Por Aliocha Pérez Vargas

Tengo ante mí el testimonio de una mujer a la que he respetado siempre. De ahí mi insistencia en conseguir estas líneas. Más que nada, me motivaba la posibilidad de colocar a alguien de su estatura y prestigio en una posición más vulnerable, más expuesta, y así, desentrañar los entresijos de una personalidad y un oficio que domina como pocos.

Nació en La Habana, en 1956. Es crítico e investigadora teatral, editora y profesora. Directora de la revista especializada de teatro latinoamericano Conjunto y de la Dirección de Teatro de Casa de las Américas, desde donde organiza la Temporada Mayo Teatral; Doctora en Ciencias sobre Arte por la Universidad de las Artes (ISA), institución en la que se desempeña como Profesora Titular y donde imparte un Seminario de Crítica Teatral.

Acumula hoy una obra impresionante. Aunque no se complace con lo logrado, títulos como José Sanchis Sinisterra: explorar las vías del texto dramático; Didascalias urgentes de una espectadora interesada; Pensar el teatro en voz alta; las antologías Teatro Mío, con textos de Alberto Pedro Torriente; Escena y tensión social, de dramaturgia cubana contemporánea; así como un amplísimo corpus teórico que incluye críticas, reseñas, ensayos, entrevistas y colaboraciones recogidas en diversas publicaciones teatrales y culturales de Cuba y el mundo, la avalan como una inspirada estudiosa del teatro. Desafiante, incómoda en ocasiones, reflexiva siempre, hoy le toca responder a una mujer que, según ella misma confiesa, prefiere estar del lado del que pregunta.

̶ Usted ha insistido en varias ocasiones sobre el valor del grupo como célula imprescindible en la vida del teatro, no solo como fórmula para producir espectáculos, sino como colectivo de artistas unidos por presupuestos estéticos e ideológicos afines. ¿Qué sentido tiene hoy el concepto de grupo en Cuba?

Lamentablemente, un sentido bastante relativo, y no es un fenómeno que se da solo en Cuba, sino que está bastante extendido en el mundo, dadas las complejas circunstancias económicas y ciertas crisis de valores que provocan inestabilidad, a partir de que muchos artistas, sobre todo jóvenes, optan por la independencia que les permita incursionar libremente en el cine, la televisión o en proyectos coyunturales mejor remunerados.

Creo en el grupo, porque aparte de ser una instancia superior dentro de la mejor escuela para el actor, que es el teatro –al articular los procesos de creación con sistemas de análisis y entrenamientos y con exigencias más allá del ejercicio actoral en específico, lo que aporta un plus desde el punto de vista ético--, porque permite proyectar y probar ideas y lenguajes a largo plazo en pos de un ideal común.

̶ ¿Qué busca como espectadora cada vez que asiste a una obra en escena?

Frente a cada espectáculo busco idealmente varias cosas o, al menos, algunas de estas: belleza y poesía audiovisual que me estremezca y me saque de la dimensión cotidiana de la vida y de las cosas; inteligencia y reto a la mía, con complejidades que me obliguen a razonar y que me descoloquen de la comodidad del simple entretenimiento; entrega verdadera de sus actores, honestidad y aprehensión de la técnica, de modo que no se exhiba tan fácilmente; esfuerzo y verdad para seducirme; emoción genuina, que me sacuda en lo profundo, y sensaciones no convencionales. Cuando voy al teatro me encanta descubrir un mundo diferente al común de la realidad de cada día, en el que afloren ideas movilizadoras del pensamiento, incluso transgresoras, sorprendentes y difíciles. Lo opuesto del tedio, del conformismo, de la convencionalidad estrecha y de lo feo, aunque claro que hay muchas maneras de concebir lo bello.

̶ Es normal en su trabajo como crítico e investigadora verse involucrada en polémicas culturales de todo tipo. De hecho, usted relata en varios de sus trabajos la polarización que produjo en el campo intelectual cubano el estreno de Manteca, el texto de Alberto Pedro. ¿Tomó usted partido en este suceso? ¿Se considera una intelectual polémica?

Sí tomé partido activo cuando nació Manteca, cuyo montaje y escritura seguí de cerca gracias a mi relación cercana de amistad y afecto con Alberto Pedro y el Teatro Mío. Nunca olvidaré el ensayo al que fui invitada como parte de un grupo de gente de teatro, una tarde que se me antoja un tanto sombría, triste, por los tiempos duros que corrían en pleno Período Especial, lleno de carencias. Fue en la Sala Tito Junco del Centro Cultural Bertolt Brecht, apenas con la iluminación natural que entraba por un lateral a través de los ventanales de vidrio, tal y como se programaría después. Al final de la obra, al golpe emocional contundente que habíamos recibido, se sumaba una tenue luz de esperanza y una invitación a reciclar energías y a ponderar memorias. A la desazón se mezclaba una apelación a la moral, que producía una extraña sensación en la que uno se admiraba del valor del teatro. Recuerdo que Manteca fue luego una obra vetada en muchos ámbitos por incomprensión de su alcance. A pesar de su notable éxito y su connotación social, la Televisión Cubana prohibía siquiera mencionarla en los informativos, y la revista cubana de teatro, a la cual le hubiera correspondido publicar el texto, soslayó esa oportunidad, que era para ese espacio deber y derecho. Yo era entonces jefa de redacción de Conjunto y Rosa Ileana Boudet la dirigía, y decidimos publicarla –ahí está su edición primera en el número 95-96, correspondiente a octubre 1993 – marzo 1994—. Escribí inspirada la presentación, desde un compromiso ferviente con sus planteos, que entonces y ahora consideré muy revolucionarios. El teatro siempre entraña un componente de contradicciones. Acudo a encontrarme con él y lo valoro a conciencia, lo que hace que inevitablemente, muchas veces llegue a polemizar con él a partir de sus presupuestos y alcances frente a mis convicciones.

̶ Existe una tendencia en la crítica teatral cubana basada en la enunciación de un discurso demasiado elíptico y cauteloso respecto a los procesos artísticos. Hay una especie de temor a la opinión discrepante ¿A qué le atribuye este fenómeno?

Estoy de acuerdo contigo y creo que se debe a varios factores: falta de verdadera vocación crítica y, en su lugar, deseos de “estar” y “figurar” en ciertos medios –pervertidos cuando proliferan muchas opiniones de ese tipo por afanes de protagonismo o tendenciosidad banal y vana— para ponderar acciones de amigos o de participantes de tendencias sin mucho sustento de las que hay poco que decir; incapacidad para penetrar las esencias artísticas de una puesta en escena y para valorarlas, por insuficiencias de instrumental analítico o de cultura teatral, y falta de pudor para quedarse callado, en muchos casos por tratarse, quienes escriben, de periodistas culturales sin amplio ni hondo dominio del teatro, que adjetivan a mansalva y no someten a una verdadera exégesis la obra de arte. También hay aventuras seudopoéticas que deberían canalizarse a través de otro género. Y falta de valor para sostener una opinión discrepante, pues esta implica un punto de vista claro, que hay que fundamentar técnica, estética o ideológicamente, y que muchas veces recibe una respuesta hostil, defensiva y hasta ofensiva de parte del artista valorado. Y me consta.

̶ Parafraseando el título de una de sus reseñas críticas, ¿cuál es el teatro que nos sigue faltando?

Si reviso lo que escribí al respecto hace veinte años, seguimos necesitando mayor desarrollo del teatro de calle, hasta el momento focalizado en dos polos fundamentales, Matanzas y Granma, y con poca estabilidad y desarrollo en el resto del país. Pero no solo para entenderlo desde la perspectiva creadora de montar obras en y para la calle, sino desde la disposición para explorar otras potencialidades del espacio público como lugar ideal de encuentro con amplios sectores de espectadores. Las condiciones de pandemia y la necesidad de aislamiento físico para protegernos han llamado la atención sobre esta posibilidad, poco explorada. Afortunadamente, el cabaret llegó para quedarse, con el impetuoso trabajo del Portazo, con Pedro Franco, que supo aprovechar las manifestaciones esporádicas que habían propuesto antes El Público, el Teatro de la Luna y El Ciervo Encantado.

En general, creo que lo que le falta al teatro cubano es más rigor y aún mayor diversidad en temáticas y en presupuestos estéticos. Al lado de una docena de grupos destacados, hay un segundo conjunto de colectivos en desarrollo, que permiten esperar de ellos un crecimiento progresivo, y más allá una masa un tanto amorfa, en la que hay nombres que no nos dicen nada.

̶ A sus sesenta años de vida, treinta de ellos dedicados al ejercicio de la crítica, la investigación y la gestión teatral, ¿qué le falta por pensar en voz alta?

Muchísimo, el conocimiento es inconmensurable y pobre del que crea que se las sabe todas. La creación artística es inagotable y hay mucha teoría valiosa que leer y estudiar, en ese terreno se avanza cada día. Y memorias, reflexiones y testimonios de artistas que se miran por dentro. Tengo libros en proceso que el trabajo de cada día me ha impedido concluir y soy absolutamente culpable de haber decidido ese orden de prioridad. Como parte de mi trabajo cotidiano en la Dirección de Teatro de la Casa de las Américas, además de la edición de la revista Conjunto, la organización de Mayo Teatral y el trabajo regular de promoción y comunicación, sistemáticamente he guiado procesos de adiestramiento para jóvenes graduados y estudiantes de Teatrología, para que asuman la diversidad de tareas que desarrollamos y aprovechen a fondo valiosos fondos y archivos a su disposición, porque la formación en teatro latinoamericano que adquieren en el Instituto Superior de Arte es insuficiente. Por otra parte, la concepción integral del trabajo que practicamos incluye la organización de actividades y eventos de promoción teatral, el ejercicio de la crítica y la investigación, la labor editorial en todas sus fases y la relación profesional regular con grupos y artistas de Latinoamérica y el Caribe, todas fundamentales. Algunos jóvenes permanecen y se especializan, otros han seguido de largo, mejor o peor armados, más o menos conscientes de la utilidad de lo que se llevan consigo, y más o menos consecuentes con ello, en particular desde la postura ética. Pero siempre miro adelante y me dispongo a hacerlo, con vocación y con ganas de ayudar a formarlos lo mejor posible como profesionales y como personas, y de transmitirles saberes que se reprocesen y se pongan en función del teatro y de la cultura.

¿Qué me falta por pensar? Casi todo y más.

 

 

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